2 Corintios 4:4 (NTV) Satanás, quien es el dios de este mundo, ha cegado la mente de los que no creen. Son incapaces de ver la gloriosa luz de la Buena Noticia. No entienden este mensaje acerca de la gloria de Cristo, quien es la imagen exacta de Dios.

Me parece impresionante que el apóstol Pablo, en un solo versículo, nos presente cuatro verdades contundentes que, al analizarlas y comprenderlas, nos ayudan a entender por qué muchas veces a las personas que nos rodean les cuesta tanto aceptar una invitación a la iglesia, leer la Biblia o recibir una oración. Analicemos cada una de ellas.

La primera verdad es que Satanás es el dios de este mundo. De manera clara y contundente, la Biblia así lo declara. Este no es el único pasaje donde se enseña esta realidad; existen otros textos que muestran que Satanás ejerce influencia sobre este mundo. La Escritura revela que tiene dominio sobre los sistemas de este siglo, sobre la ambición por el poder y, en el tiempo final, incluso concentrará ese poder en un solo personaje conocido como el anticristo. Esta es la primera verdad que debemos comprender.

La segunda verdad es que Satanás ha cegado la mente de los que no creen. Esta es una explicación espiritual de por qué muchas personas rechazan el mensaje del evangelio. Podemos hablarles una y otra vez acerca de Dios, invitarlas a la iglesia o compartirles la esperanza de Cristo, pero existe un velo espiritual que les impide comprender.

Por esa razón, antes de intentar convencer a alguien con nuestras palabras, debemos acudir primero a la oración. Es necesario clamar a Dios, ayunar e interceder por esa persona, pidiéndole al Señor que quite ese velo, abra su entendimiento y permita que pueda ver la verdad del evangelio. La lucha comienza en el mundo espiritual.

La tercera verdad es que quienes permanecen bajo esa ceguera espiritual son incapaces de ver la gloriosa luz del evangelio. No es que el evangelio carezca de poder o de claridad; es que, debido a esa condición espiritual, no pueden percibir la luz que para nosotros ha sido revelada. Mientras permanezca ese velo, el mensaje seguirá siendo incomprensible para ellos.

La cuarta verdad es que Jesucristo es la imagen exacta de Dios. Pablo concluye este pasaje recordándonos quién es Cristo. Él es la representación perfecta del Padre, Dios manifestado entre nosotros. Por eso lo adoramos como Dios, como Señor, como Salvador y como el único camino para alcanzar la vida eterna.

Cuando entendemos estas cuatro verdades, también comprendemos que nuestra responsabilidad no consiste únicamente en hablar del evangelio, sino en preparar el terreno espiritualmente por medio de la oración. Muchas veces queremos convencer a las personas con argumentos, cuando en realidad primero debemos pedirle a Dios que abra sus ojos espirituales.

ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por permitirnos acercarnos a tu palabra y comprender las verdades que has revelado por medio de las Escrituras.

Gracias porque un día quitaste el velo de nuestros ojos y nos permitiste conocer la verdad del evangelio. Gracias porque pudimos reconocer a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, y entender el maravilloso regalo de la salvación.

Padre, hoy oro por la persona que está leyendo este devocional. Permite que estas verdades queden firmemente establecidas en su corazón y le ayuden a comprender que muchas de las batallas por las almas son espirituales.

Dale sabiduría para no desanimarse cuando vea que familiares, amigos o personas cercanas rechazan el mensaje del evangelio. Recuérdale que antes de hablar debe orar, antes de insistir debe interceder y antes de intentar convencer con palabras debe buscar tu intervención.

Pon en su corazón el deseo de doblar sus rodillas por aquellos que todavía no te conocen. Que pueda orar con perseverancia, ayunar cuando sea necesario y confiar en que tú eres quien abre el entendimiento y quita todo velo espiritual.

También te pido que fortalezcas su fe y le des valor para seguir compartiendo el mensaje de Cristo con amor, paciencia y esperanza, sabiendo que la obra de transformación siempre comienza contigo.

Gracias, Padre celestial, porque tú sigues llamando a las personas a tu reino y permites que seamos instrumentos en tus manos para anunciar el evangelio.

Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.

Amén y amén.

¡Bendiciones!