Eclesiastés 10:8 (NTV) Cuando cavas un pozo, puedes caerte en él. Cuando derrumbas una pared vieja, puede morderte una serpiente.
Este versículo, escrito por el sabio Salomón, considerado el hombre más sabio que ha pisado la tierra después de Jesucristo, forma parte de sus conclusiones tras muchas observaciones sobre la vida.
El libro de Eclesiastés es fascinante porque nos ahorra el tiempo y el sufrimiento de tener que descubrir por experiencia propia lo que él ya aprendió. Salomón probó de todo: riquezas, placeres, comida, vino, mujeres, fama… y finalmente llegó a conclusiones valiosas que hoy podemos tomar como sabiduría práctica. Si aceptamos sus enseñanzas, acortamos camino y evitamos errores.
Una de esas conclusiones está en este versículo: “Cuando caves un pozo, puedes caerte en él; cuando derrumbes una pared vieja, puede morderte una serpiente.” ¿Qué quiere decir con esto? Salomón nos advierte: nunca le tiendas una trampa a nadie, porque quien cava un pozo para otro, puede terminar cayendo en él mismo.
Es una verdad profunda y muy humana. En nuestro corazón, muchas veces, habita el deseo de venganza. Cuando alguien nos hiere, nos ofende o nos traiciona, pensamos cómo devolver el daño, cómo hacer que esa persona pague. A veces pasa el tiempo, meses o incluso años, y seguimos alimentando pensamientos de cómo hacer que el otro tropiece o sufra. Pero el sabio Salomón nos dice con claridad: “No lo hagas.”
El que cava un pozo para otro, termina atrapado en su propia trampa. La venganza no vale la pena. Sin embargo, muchos hoy ignoran este consejo y dejan que el resentimiento los gobierne. Vemos historias trágicas, incluso reales: dos personas que discuten en el tráfico, una ofende a la otra, el enojo crece, alguien busca desquitarse… y todo termina en tragedia.
Queridos, esto ocurre porque el rencor ciega y destruye. Cuando una persona no sabe superar la ofensa, se convierte en prisionera del deseo de venganza. Y esa es la trampa de la que habla la Biblia: el pozo que uno cava con odio y resentimiento, se convierte en su propia prisión.
Este principio aplica también a heridas del pasado. Todos hemos sido dañados de alguna manera: un abuso, una traición, una humillación pública, una ruptura, una pérdida. Hay personas que, aunque han pasado diez o quince años desde su divorcio o su traición, siguen guardando odio y deseando el mal. Siguen cavando pozos emocionales sin notar que ellos mismos están cayendo en ellos.
El rencor es un veneno que alguien bebe esperando que el otro muera, pero quien termina envenenado es uno mismo. Por eso, Salomón concluye sabiamente: “No caves pozos, porque puedes caer tú mismo en ellos.” No tiendas trampas, porque puede que seas tú quien quede atrapado.
La invitación de este devocional es clara: suelta el daño, entrega el dolor y perdona. Entrégaselo a Dios. No solo le des el dolor, sino también a la persona que te lo causó. Dile al Señor: “No le deseo mal, no quiero venganza, no le tenderé ninguna trampa.”
Jesús nos mostró el camino. Él fue traicionado, golpeado, crucificado… y aun así perdonó. No deseó maldición, sino bendición para sus agresores. Ese es el ejemplo que debemos seguir.
ORACIÓN

Padre Celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret te damos gracias por hablarnos a través de tu Palabra. Hoy reconocemos, Dios, que muchas veces hemos guardado resentimiento y deseos de venganza. Pero Tú nos enseñas que la venganza no nos pertenece, que tender trampas a los demás solo nos destruye a nosotros mismos.
Señor, te pedimos perdón por las veces en que hemos deseado el mal, consciente o inconscientemente. Renunciamos hoy a cualquier pensamiento de venganza, a todo deseo de desquite, a todo plan que no provenga de Ti. Limpia nuestros corazones, Señor, y quita de nosotros toda amargura.
Padre amado, que tu Espíritu Santo nos enseñe a soltar, a perdonar y a bendecir incluso a quienes nos hicieron daño. No queremos cavar pozos, queremos sembrar paz. No queremos tramas ni trampas, queremos reflejar tu amor y tu justicia.
Bendice, Dios, a cada persona que participa de este devocional. Fortalece sus corazones, sana sus heridas y mantenlos limpios y puros delante de Ti.
Oramos con gratitud, en el nombre poderoso de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!