Gálatas 1:6 (NTV) Estoy horrorizado de que ustedes estén apartándose tan pronto de Dios, quien los llamó a sí mismo por medio de la amorosa misericordia de Cristo.
Hace 2000 años ya existía una tendencia que hoy en día se ha acentuado y acelerado todavía más. ¿Cuál es esa tendencia? La corta duración de la fe en muchas personas. Es decir, el poco tiempo que algunos permanecen firmes en Dios antes de apartarse nuevamente.
El apóstol Pablo lo expresó de una manera muy fuerte cuando dijo: “Estoy horrorizado de ver cuán pronto se apartan de Dios.” Y estas palabras tienen mucho peso, porque vienen de un hombre que conoció verdaderamente el costo de seguir a Cristo.
Pablo vivió persecuciones, amenazas, cárceles, azotes, rechazo y sufrimiento extremo. Sin embargo, nada de eso logró apartarlo del Dios que lo había rescatado. Él mismo fue quien escribió:
“¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo? Ni lo alto, ni lo profundo, ni lo presente, ni lo por venir.” Pablo entendía que la vida cristiana no era una emoción momentánea ni una decisión temporal. Era una carrera de largo plazo, una vida completa caminando junto a Dios.
Por eso le causaba dolor ver personas que comenzaban en la fe con entusiasmo, pero poco tiempo después abandonaban la presencia de Dios, dejaban de congregarse y se alejaban del propósito que Dios tenía para sus vidas.
Y si eso sucedía hace 2000 años, cuánto más sucede ahora. Hoy vivimos rodeados de distracciones constantes. La tecnología nos bombardea todo el tiempo. Muchas personas ya no encuentran espacio para leer la Biblia, orar o meditar en la palabra de Dios.
En lugar de apartar un momento para fortalecer su vida espiritual, el tiempo se consume entre entretenimiento, redes sociales, videos, series, mensajes y notificaciones interminables.
Hoy existen plataformas y contenidos para mantener la mente ocupada las 24 horas del día. Facebook, Instagram, TikTok, Netflix, WhatsApp y muchas otras cosas compiten continuamente por nuestra atención.
Y el problema no es solamente la existencia de estas herramientas, sino que poco a poco terminan desplazando nuestra relación con Dios. Muchas personas comienzan asistiendo a la iglesia con entusiasmo. Van una semana, dos semanas, quizá un mes o un par de meses, pero después desaparecen completamente del camino espiritual.
La vida cristiana no fue diseñada para vivirse por temporadas. Dios no nos llamó para buscarlo solo en momentos emocionales o en tiempos de necesidad. Nos llamó a permanecer cerca de Él constantemente.
Por eso este mensaje es una invitación a reflexionar: ¿cómo está nuestra constancia espiritual? ¿Estamos construyendo una relación firme y duradera con Dios o solamente vivimos momentos pasajeros de fe?
Seguir a Cristo es una carrera de largo plazo. Habrá cansancio, distracciones, pruebas y temporadas difíciles, pero permanecer cerca de Dios siempre valdrá la pena.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús, te damos gracias porque por medio de tu palabra nos hablas y nos haces reflexionar sobre nuestra vida espiritual.
Señor, hoy entendemos que apartarnos rápidamente de tu presencia no es algo normal ni algo que te agrade. Tú deseas que permanezcamos cerca de ti, creciendo, avanzando y fortaleciendo nuestra fe cada día.
Padre, oro por la persona que está leyendo este devocional. Permite que pueda examinar su corazón y evaluar sinceramente cómo está su relación contigo. Que pueda preguntarse cuánto tiempo está dedicando a buscarte, a leer tu palabra, a orar y a permanecer firme en medio de tantas distracciones que existen hoy en día.
Dios, ayúdale a vencer todo aquello que intenta robarle el tiempo contigo. Dale sabiduría para administrar sus prioridades y comprender que nada en este mundo puede reemplazar tu presencia. Fortalece su fe para que no viva una relación momentánea contigo, sino una vida constante y perseverante en tu camino.
Hazle entender cuánto le amas y el gran precio que pagaste para acercarlo a ti. Que nunca olvide que fuiste capaz de entregar tu propia vida para rescatarlo y darle salvación.
Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!