El domingo, cuando el árbitro se lleve el silbato a la boca por última vez, no solo terminará un partido de fútbol. Estallará esa burbuja mágica en la que llevamos viviendo el último mes. Se acabarán las excusas para prender el asador en martes, las miradas de reojo a la pantalla durante las juntas de Zoom y esa taquicardia compartida que paralizó a todo el continente.
El Mundial 2026, nuestro Mundial, está a punto de decir adiós, y ya podemos sentir ese hueco en el estómago.
Los psicólogos lo llaman "duelo anticipado". Es la misma sensación de la tarde de un domingo de vacaciones, cuando sabes que el lunes tienes que volver a la oficina. Durante un mes, vivimos bajo un hechizo de dopamina. Los problemas reales —la inflación, el tráfico, la política— pasaron a segundo plano, anestesiados por la urgencia de saber quién pasaba a la siguiente ronda. Le prestamos nuestra capacidad de asombro a 22 tipos en una cancha de pasto perfecto.
Para nosotros, en México, este torneo fue aún más intenso. Fuimos los anfitriones de la fiesta. Vimos vibrar el Azteca, el Akron y el BBVA; soñamos, gritamos y, como es costumbre, sufrimos. Hubo un lenguaje común que unió al CEO en Santa Fe con el taquero de la esquina. Por un mes, fuimos una sola voz.
Pero la fiesta está por terminar. Y, aunque cueste admitirlo, es estrictamente necesario que así sea.
Si el Mundial fuera eterno, perdería su magia. Si viviéramos en una catarsis permanente de goles y tiempos extra, ninguna sociedad podría sostenerse. La vida, la de verdad, no se juega en estadios de miles de millones de dólares, sino en la rutina. Se juega en la capacidad de pagar la luz a tiempo, en llevar a los niños a la escuela, en el proyecto que tienes que entregar el martes.
Este domingo celebramos al campeón, aplaudimos y apagamos la televisión. El lunes nos espera el Metro, el Periférico y la vida real. Y aunque suene aburrido, regresar a esa normalidad es el verdadero campeonato que nos toca jugar todos los días.
Así que disfruta este fin de semana. Grita el último gol. Porque el lunes, la vida sigue.



