Gálatas 4:8 (NTV) Antes de conocer a Dios, ustedes, los gentiles, eran esclavos de los llamados dioses, que ni siquiera existen.
El apóstol Pablo, al escribir esta carta a la iglesia de Galacia, les da un recordatorio muy claro y directo: antes de conocer a Dios, ellos eran esclavos. No solo esclavos de cualquier cosa, sino esclavos de dioses que ni siquiera existen.
Este recordatorio tiene un tono fuerte, casi como una mofa o una burla, porque Pablo les hace ver que antes de conocer al verdadero Dios, servían a otros dioses falsos. Y esta verdad no solo aplica a la iglesia de Galacia, sino que deberíamos aplicarla a cada uno de nosotros antes de conocer al Dios verdadero, al Dios de la Biblia, al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.
Antes de conocer al Dios verdadero, nosotros también servíamos a otros dioses. Ahora bien, ¿cuáles eran esos dioses? Eran muchos. Por ejemplo, el dios del vicio. La gran mayoría, si somos honestos, tuvimos algún tipo de vicio: el cigarrillo, la cerveza, el alcohol, la pornografía, o incluso el vicio de mentir. Éramos esclavos de esos vicios, esclavos de ese dios que gobernaba nuestra vida.
Otro dios que reinó en muchas vidas fue el dios del pecado. El dios de la fornicación, el dios del adulterio, el dios de la infidelidad. Cuántas personas vivieron vidas dobles, vidas escondidas, llenas de engaño hacia sus esposas o esposos. Y eso es precisamente lo que Pablo les recuerda: antes de conocer al Dios verdadero, ustedes eran esclavos de otros dioses.
También estaba el dios de la codicia y la avaricia, el dios del orgullo, del ego y del egoísmo. Todos esos dioses gobernaban nuestras decisiones. Éramos esclavos de ellos, nos movíamos para agradarlos, y los hilos de nuestra vida eran jalados por esos dioses que controlaban nuestro corazón. El resultado siempre era el mismo: una vida de perdición, de derrota, de fracaso y de soledad.
Sin embargo, ahora que conocemos al Dios verdadero, el apóstol Pablo nos recuerda que debemos servirle al Dios de la Biblia. Y queridos, esto debería notarse claramente. Debería manifestarse una diferencia evidente entre lo que éramos antes y lo que somos ahora.
No puede ser que sigamos siendo los mismos de antes, con la única diferencia de que ahora asistimos a la iglesia. Lamentablemente, hay personas para quienes esa es la única diferencia visible: antes no iban a la iglesia y ahora sí. La gente los sigue viendo igual, los sigue conociendo de la misma manera, pero ahora resulta que los domingos se levantan temprano para ir al culto.
Y esto, queridos, es motivo de reflexión. Cuando el Dios verdadero gobierna nuestra vida, el cambio se nota. Se manifiesta en nuestra manera de vivir, de hablar y de relacionarnos. Las personas que no nos veían desde hace tiempo, amigos, conocidos, compañeros de escuela, al reencontrarse con nosotros, incluso por redes sociales o llamadas telefónicas, suelen decir cosas como: “Mira en lo que te has convertido”, “qué bien que te ves”, “cómo ha cambiado tu manera de hablar”.
Hay una diferencia real cuando servimos al Dios verdadero. No podemos seguir siendo iguales que antes. El cambio es drástico. No se trata solamente de dejar algunos vicios como el alcohol, el cigarro o la pornografía, sino también de salir del reino del pecado, del adulterio y de la fornicación, cosas que antes veíamos como normales y fáciles de practicar.
Ahora, al estar bajo el gobierno del Dios verdadero, todo eso cambia. Nuestro vocabulario cambia, nuestra manera de hablar cambia. La gente lo nota, aunque muchas veces no sabe cómo explicarlo. Y la diferencia es esta: ahora en nuestro vocabulario vive la bendición.
Bendecimos el día, bendecimos a las personas que nos rodean. Ya no nos quejamos por la lluvia, por el frío, por el tráfico o por las ofensas. Vemos la vida de una manera distinta, de una forma maravillosa, porque ahora vivimos bajo el gobierno del Dios verdadero.
Esta es la invitación del día de hoy: si conocemos al Dios verdadero y le servimos al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, debe notarse una diferencia clara entre cómo éramos antes y cómo somos hoy. Esa diferencia tiene que ser evidente en nuestra vida.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad que nos das de acercarnos a ti por medio de tu Palabra. Cada vez que la leemos, nos acercamos a tu corazón, porque la Biblia nació en tu corazón, y cuando la aceptamos, estamos aceptando tu corazón en nosotros.
Mi Dios, conforme a lo que hemos leído en este día, oro para que cada persona entienda que ahora sirve y le pertenece al Dios verdadero, al Dios correcto. Que la diferencia entre lo que eran antes y lo que son hoy sea notoria.
Te pido, Señor, que estos cambios se manifiesten en cada persona que escucha este devocional. Que puedan reflexionar y meditar sobre los cambios que ya ven en su vida, pero que también sean conscientes de aquellas áreas en las que aún necesitan crecer y mejorar. Revela, Señor, esas áreas que todavía necesitan transformación. Háblales de manera personal y clara. Te damos gracias y oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!