Deuteronomio 7:6 (NTV) Pues tú eres un pueblo santo porque perteneces al Señor tu Dios. De todos los pueblos de la tierra, el Señor tu Dios te eligió a ti para que seas su tesoro especial.
El valor más alto que puede tener una persona es el valor que Dios mismo le da. Cuando una persona se entiende, se conoce y se reconoce como alguien elegido por Dios, alguien de especial valor ante Sus ojos, su vida puede cambiar de manera profunda y determinante.
Pensemos en cómo influye el amor y la valoración en la vida de un niño. Cuando un hijo crece sabiendo que es amado, apreciado, aceptado y valorado por sus padres, desarrolla una autoestima saludable. Ese niño suele crecer con estabilidad emocional y seguridad personal. En su etapa escolar puede convertirse en un estudiante estable y enfocado; más adelante, en su vida laboral, será una persona segura de sí misma, con determinación para avanzar y crecer.
Ese sentido de valor también impacta su vida familiar y su futuro. Cuando esa persona forma una familia, es más probable que construya un matrimonio estable, donde exista amor, unidad y paz. Sus hijos crecerán en un hogar donde hay estabilidad, afecto y seguridad en diferentes áreas de la vida, incluyendo lo emocional y lo económico. Todo esto muchas veces comienza con una base sencilla pero poderosa: haber crecido sabiendo que era profundamente amado.
De manera similar, Dios quiere que nosotros entendamos cuánto valor tenemos para Él. Dios nos expresa en Su Palabra cuán especiales somos y cuánto amor tiene por nosotros. Al comprender esto, nuestra identidad empieza a transformarse.
Algunas personas podrían pensar que este versículo solo aplica al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento. Sin embargo, observemos nuevamente lo que dice Deuteronomio 7:6: "Pues tú eres un pueblo santo porque perteneces al Señor tu Dios. De todos los pueblos de la tierra, el Señor tu Dios te eligió a ti para que seas su tesoro especial."
Aunque estas palabras fueron dirigidas originalmente a Israel, el mensaje también nos alcanza hoy por medio de la fe en Jesucristo. El Nuevo Testamento enseña que nosotros, los gentiles que creemos en Cristo, hemos sido injertados en ese árbol de promesas. El apóstol Pablo explica que, por medio de la fe, participamos de las promesas que Dios hizo a Su pueblo.
Esto significa que también somos parte de ese pueblo amado por Dios. Abraham, considerado el padre de la fe, no solo es el padre del pueblo hebreo, sino también de todos los que creen en Dios por medio de la fe. Por esa razón, muchas de las promesas que vemos en las Escrituras también nos alcanzan a nosotros.
La belleza de este versículo está en que Dios nos llama Su tesoro especial. No se trata de un valor común o pasajero, sino de un valor único y profundo. Cuando una persona entiende esta verdad y construye su identidad sobre ese amor y ese valor que Dios le otorga, su manera de vivir cambia.
Entonces, ¿cómo deberíamos caminar en la vida al comprender esta verdad? Deberíamos hacerlo sabiendo que somos bendecidos, elegidos y profundamente amados por Dios. Somos especiales para nuestro Padre celestial, y el valor que Él nos da es inmenso.
Tal vez en tu infancia no recibiste ese mismo nivel de valoración. Quizá en tu familia, en tu escuela o entre tus propios parientes no experimentaste el aprecio que necesitabas. Es posible que personas cercanas, hermanos, primos, tíos o compañeros, no te hayan tratado con el valor que merecías.
Sin embargo, hoy puedes conocer la verdad que Dios declara sobre ti. El ser más importante del universo afirma que eres alguien elegido, bendecido y profundamente especial. Para Él tienes un valor incalculable. Dios mismo te considera parte de Sus tesoros más preciados. Esa es la manera en la que Él te ve.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús, te damos gracias por tu palabra y por la manera en que te diriges a nosotros. Gracias por cómo hablas de nosotros y por la forma en que nos haces sentir valorados, amados y aceptados.
Nos sentimos como ese niño que es amado en la casa de sus padres, un niño al que abrazan, al que le dedican tiempo y atención, al que continuamente le recuerdan cuán importante y especial es. Así nos haces sentir cuando leemos tu palabra y entendemos el amor de Padre que hay en ti.
Señor, permite que las personas que escuchan y leen este mensaje puedan experimentar los mismos beneficios que recibe un niño que crece rodeado de amor: estabilidad, seguridad, confianza y propósito en la vida.
Aunque muchos ya son adultos, siguen siendo tus hijos, y tú los amas profundamente. Permite que cada persona pueda comprender este amor, identificarse con él y construir su identidad sobre el valor que tú le das.
Gracias por estar presente en nuestras vidas. Gracias por amarnos con tanta fuerza y por encargarte de revelarnos cuánto valemos para ti. Gracias por encontrar la manera de hacer llegar este mensaje a nuestros corazones y recordarnos cuán importantes somos delante de ti.
Te amamos, te adoramos, te reconocemos y te exaltamos.
Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!