Gálatas 4:15 (NTV) ¿Dónde ha ido a parar el espíritu de alegría y de gratitud que antes tenían? Estoy seguro de que ustedes se hubieran arrancado los propios ojos para dármelos de haber sido posible.
El apóstol Pablo le escribe a los gálatas con un tono claro de decepción y tristeza. Hay un sentimiento profundo en sus palabras, porque la relación que antes existía entre ellos ya no es la misma. La gente cambió con él, y Pablo no puede evitar preguntarse qué fue lo que sucedió.
En esta misma carta, Pablo recuerda cómo fue recibido la primera vez que visitó Galacia. Él llegó enfermo, en una condición física débil, pero aun así fue acogido con una alegría extraordinaria. Dice que lo recibieron como si fuera un ángel, incluso como si fuera el mismo Cristo. Había amor, gratitud y un espíritu sincero de honra hacia su vida y su ministerio.
Por eso surge la pregunta que Pablo hace con tanta fuerza: “¿Dónde está ahora esa alegría?, ¿dónde está ese espíritu de gratitud con el que me recibieron antes?”. No es una pregunta superficial; es el clamor de alguien que dio su vida por ellos y ahora ve un cambio doloroso.
Al analizar este pasaje, vemos que el apóstol Pablo padecía una enfermedad física. La Biblia no especifica con exactitud cuál era, pero nos da indicios claros. En otras cartas, Pablo menciona que le pidió a Dios en tres ocasiones que le quitara un aguijón en su cuerpo, refiriéndose a una condición que lo afligía constantemente.
Este episodio con los gálatas nos da una pista importante. Pablo afirma que ellos hubieran estado dispuestos a darle sus propios ojos. Esto sugiere que su enfermedad estaba relacionada con la vista. Es muy probable que esta condición tenga relación con el encuentro que tuvo con Jesucristo en el camino a Damasco, cuando una gran luz lo dejó ciego por tres días, hasta que el profeta Ananías oró por él y recobró la vista.
Aunque recuperó la vista, se cree que no fue al cien por ciento. Sus cartas se caracterizan por estar escritas con letras grandes, lo cual refuerza la idea de que tenía una condición visual permanente y relativamente grave. Aun así, cuando fue a Galacia, no fue rechazado; al contrario, fue recibido con amor, con gozo y con honra.
Con el paso del tiempo, todo cambió. Pablo expresa su desconcierto y pregunta en el versículo 16: “¿Acaso ahora me he vuelto su enemigo por decirles la verdad?”. Esta pregunta revela el dolor de alguien que, por hablar con verdad, pasó de ser amado a ser cuestionado, criticado y rechazado.
Queridos amigos, la gente cambia. Pablo lo dio todo por la gente de Galacia. Él mismo viajó, trabajó fabricando carpas para financiar la obra y, junto con ofrendas de otras iglesias, sostuvo el ministerio. Su entrega fue total, sincera y sacrificial.
Sin embargo, aquellos que antes lo recibieron con amor impresionante y una alegría increíble, cambiaron. Y esto nos lleva a una reflexión profunda: ¿qué hacemos nosotros cuando la gente cambia?
Las personas a nuestro alrededor van a cambiar. Compañeros de trabajo estarán cerca mientras compartan intereses, mientras sigan la corriente, mientras haya conveniencia. Amigos estarán presentes mientras haya beneficio. Incluso, en algunos casos, la misma familia puede cambiar.
La realidad es que no todo permanece constante. Amigos vienen y amigos se van. Mantener relaciones a largo plazo es difícil porque la gente cambia, las emociones fluctúan y las circunstancias transforman los vínculos. La pregunta clave es: ¿qué hacemos cuando los demás cambian?, ¿cómo respondemos cuando las personas ya no se comportan como antes?
La invitación de este devocional es clara. Cuando los demás cambian, nosotros debemos mantenernos firmes, con paciencia, con gozo y con los frutos del Espíritu Santo manifestándose en nuestra vida.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret te damos gracias por la oportunidad que nos das de aprender de tu palabra. Hoy entendemos que el apóstol Pablo lo dio todo por la gente de Galacia y que, aunque al inicio fue recibido con amor, alegría y cariño, con el tiempo fue despreciado, criticado y señalado.
Reconocemos, Señor, que la gente cambia y que las emociones de las personas fluctúan como las olas del mar, que van y vienen. Por eso, nuestra oración es que nos fortalezcas, que nos concedas paciencia, gozo, amor y bondad.
Ayúdanos, Dios, para que cuando las personas cambien, nosotros no paguemos con la misma moneda, sino que respondamos con amor, con bondad y con paciencia. Que estas cualidades permanezcan firmes en nosotros y que, aun cuando otros cambien, nosotros nos mantengamos firmes en lo que Tú has puesto en nuestros corazones.
Gracias, Padre, por estar presente en esta oración. Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!