Me llamo Jerry y tenía nueve años. Vivía en una pequeña ciudad cerca de Kansas City, y aquel 31 de octubre salí con una funda de almohada como bolsa y el disfraz de moda de ese año: el de la película Scream. Sí, el de la máscara blanca. Toqué puertas, dije trick or treat y volví a casa con más azúcar de la que un niño debería ver en un mes. Y aquí sigo. Sin maldiciones, sin puertas abiertas al enemigo, amando a Dios y escribiendo esto para una radio cristiana.

Lo cuento porque cada octubre vuelve el mismo mensaje a los grupos de WhatsApp y a algunos púlpitos: salir a pedir dulces es diabólico. Que la calabaza es un portal. Que el niño vestido de superhéroe está, sin saberlo, participando en un rito pagano. Y los padres, que quieren hacer lo correcto, terminan con miedo en lugar de criterio.

Vamos por partes.

Primero, la historia. Halloween significa literalmente “víspera de Todos los Santos”, la fiesta cristiana del 1 de noviembre. Sí, hubo un festival celta llamado Samhain, pero historiadores como Nicholas Rogers sostienen que aportó poco más que el clima de otoño; casi todo lo demás nació alrededor de las fiestas cristianas medievales de los santos y los difuntos. ¿Y el trick or treat? Se imprimió por primera vez en 1927, en un pueblito de Canadá: no es un rito ancestral, apenas tiene un siglo. Y una de sus versiones más conocidas, el Trick-or-Treat for UNICEF, la inventó en 1950 un pastor presbiteriano con su esposa y un grupo de escuela dominical. Llamar satánico a todo esto es, siendo generosos, una exageración.

Segundo, los datos. El sociólogo Joel Best, de la Universidad de Delaware, ha revisado los reportes de dulces envenenados desde 1958. No ha encontrado un solo caso confirmado de un niño muerto o gravemente herido por un dulce que le diera un desconocido esa noche. En 2022 se viralizó el pánico del “fentanilo arcoíris” escondido en los dulces; la propia DEA aclaró que no había ninguna conexión con Halloween, y no apareció un solo caso. El verdadero peligro del 31 de octubre son los carros, no los caramelos. Con el miedo espiritual pasa igual: se repite tanto que nadie pregunta de dónde salió.

Y no estás solo si dudas. Una encuesta de Lifeway Research (2015) encontró que el 54% de los cristianos ve Halloween como simple diversión, mientras que casi tres de cada diez evangélicos lo evitan por completo. En 2022, el 71% de los pastores protestantes dijo ver la fecha como una oportunidad para acercarse a su comunidad. La iglesia está dividida, y eso ya te dice algo: cuando creyentes sinceros, con la misma Biblia abierta, llegan a conclusiones distintas, estamos ante un asunto de conciencia, no de doctrina.

Tercero, la Biblia. Dios sí prohíbe cosas, con toda claridad. Deuteronomio 18 condena la adivinación, la hechicería y consultar a los muertos. Una familia cristiana hace bien en mantener lejos los juegos que invocan espíritus y el horror que glorifica la muerte. Aquí me toca ser honesto: hoy no elegiría para un niño el disfraz que yo usé. Pero una cosa es el discernimiento y otra el pánico, y una fe obsesionada con el diablo tiene el foco en el lugar equivocado. Un niño disfrazado de bombero pidiendo chocolates al vecino no está consultando a los muertos. Está pidiendo chocolates. Para lo demás, Pablo dejó una regla en Romanos 14: “Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente”. Hay familias que no participan, y lo hacen para el Señor. Hay otras que salen con sus hijos, y también lo hacen para el Señor. Ninguna debe juzgar a la otra.

Ahora, la psicología. Un estudio de la Universidad de Aarhus (2025), con 1600 padres, encontró que el 93% de los niños disfruta de alguna actividad que asusta pero divierte: las escondidas, un cuento de miedo. No es perversión; es desarrollo. Jugar con el miedo en un lugar seguro enseña que el susto pasa. Lo dañino es otra cosa. El psicólogo Eli Lebowitz, de Yale, ha mostrado que cuando los padres reorganizan la vida para que el niño evite todo lo que le asusta, la ansiedad no desaparece; se instala. Un hogar que enseña que el enemigo acecha en cada esquina no forma hijos santos. Forma hijos ansiosos.

Christian Smith, sociólogo de Notre Dame, estudió cómo se transmite la fe y concluyó que la influencia más poderosa sobre la vida espiritual de un joven es la vida espiritual de sus padres: lo que ve en casa, la calidez con que allí se habla de Dios. Tu hijo no aprende teología de una bolsa de dulces. La aprende de tu cara cuando suena el timbre. Si te ve en pánico por una calabaza de plástico, aprende que Dios es frágil. Si te ve sereno, saludando al vecino con un buen dulce y una buena palabra, aprende que la luz no le tiene miedo a la oscuridad.

Entonces, ¿qué hacemos este sábado? Si tu familia decide no salir, explícales el porqué con convicción y sin terror: una decisión de fe no necesita monstruos para sostenerse. Si van a la “noche de luz” o al festival de tu iglesia, excelente: cada vez más congregaciones las organizan justamente para abrir sus puertas esa noche. Y si salen por el vecindario, salgan con propósito: disfraces que no celebren la muerte, una conversación en el camino sobre quién es Dios y un dulce generoso para los niños que toquen tu puerta.

Juan lo dijo sin rodeos: “Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo”. Jesús no mandó a los suyos a esconderse de la noche, sino a ser luz en ella. Y el 31 de octubre es la única noche del año en que todo el vecindario abre la puerta. Hay quien ve ahí una amenaza. Yo veo una oportunidad.

Decide con tu familia, en oración y sin miedo. Lo que me cuidó aquella noche, con mi máscara de película y mi funda de almohada, no fue una puerta cerrada. Fue una fe abierta.