Efesios 5:1 (NTV) Por lo tanto, imiten a Dios en todo lo que hagan porque ustedes son sus hijos queridos.

 

Esta recomendación la da el apóstol Pablo, y aunque debería ser algo natural, no siempre lo es, porque como seres humanos no nacemos imitando a Dios de manera inmediata.

 

Regularmente hemos sido enseñados a ver a Dios como un ser lejano, distante y poco accesible. Lo concebimos como alguien separado de nosotros, del cual sabemos poco o nada. Esa percepción errada hace que la mayoría de las personas viva según su propio comportamiento, su propia manera de ser y sus propios criterios. Pero la Biblia nos exhorta, nos anima y nos pide que imitemos a Dios.

 

Ahora bien, ¿cómo podemos imitar a Dios si muchas personas ni siquiera lo conocen? Si lo ven como un personaje lejano, difícilmente podrán seguir su ejemplo. Y precisamente para eso vino Jesús. Siendo Dios, vino a la Tierra para mostrarnos el camino, para enseñarnos cómo deberíamos comportarnos, pensar, reaccionar y tratar a los demás.

 

El Señor Jesús nos vino a enseñar con su propia vida. Si analizamos con detalle la Biblia, descubrimos que Jesús fue ejemplo en todas las áreas: en lo físico, en lo emocional y en lo espiritual.

 

Por ejemplo, nos enseñó cómo alimentarnos. Si leemos los Evangelios, notamos que su dieta era saludable y balanceada, en gran parte basada en pescado y alimentos naturales. También podemos aprender de su disciplina física: caminaba largas distancias de aldea en aldea, llevando una vida activa y sana. Su cuerpo reflejaba equilibrio, descanso y buena alimentación.

 

Sin embargo, la enseñanza de Jesús no se limitó a lo físico. Fue mucho más profunda. Nos enseñó cómo reaccionar cuando alguien nos ofende, cómo actuar ante la injusticia y cómo tratar a quienes no nos entienden o nos rechazan. Dijo: “Si alguien te da una bofetada en la mejilla, preséntale también la otra.” Nos enseñó a bendecir a los que nos maldicen, a no juzgar para no ser juzgados y a no señalar ni criticar para no ser medidos con la misma vara.

 

Cuando leemos acerca de Jesús, descubrimos un modelo completo de conducta humana. En Él encontramos principios para el cuerpo, la mente, el alma y el espíritu. Nos enseñó a conectarnos con el Padre, a orar, a ayunar y a entender nuestra identidad como hijos de Dios. Él mismo dijo que “a todos los que le reciben y creen en Él, les da el derecho de ser hechos hijos de Dios.”

 

Por eso, cuando miramos a Jesús, no vemos solo a un profeta o a un maestro, sino al mismo Dios Padre caminando entre nosotros, mostrándonos cómo debemos vivir, actuar y reaccionar.

 

Y eso es justamente lo que Pablo nos recuerda en Efesios 5:1:
“Imiten a Dios en todo lo que hagan, porque ustedes son sus hijos queridos.”

 

En un solo versículo, Dios nos revela una gran verdad: sí se puede imitar a Dios. Algunos piensan que no es posible porque Jesús era un ser divino, pero Él vino precisamente para marcar el estándar, el modelo y el ejemplo a seguir.

 

Así que la invitación de hoy es clara: imitemos a Dios a través de Jesús. Porque Jesús es Dios con nosotros, Dios hecho hombre. Preguntémonos:

 

¿Mi conducta refleja a Dios? ¿Estoy tratando de parecerme a Él? ¿Cómo reacciono ante quienes no son compatibles conmigo? ¿Cómo trato a mi familia, a mis compañeros, a las personas que me rodean?

 

La Biblia también nos muestra cómo Jesús trató a su familia, a sus amigos, a quienes lo amaban y a quienes lo rechazaban. En todos los casos, su ejemplo fue amor, paciencia, obediencia y compasión.

 

Por eso, queridos, la meta de nuestra vida debe ser imitar a Dios por medio de Jesús, porque somos sus hijos amados.

 

ORACIÓN

 

 

Padre Celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret te damos gracias por tu Palabra, que trae luz, vida y dirección a nuestro interior.

 

Hoy entendemos que nuestro mayor propósito es imitarte a Ti, Dios. Queremos hacerlo siguiendo el ejemplo de Jesús, analizando su conducta, su comportamiento, sus hábitos y costumbres. Queremos aprender de su manera de vivir, de sus palabras, de cómo trataba a las personas, de su disciplina, su alimentación, su descanso y su comunión contigo.

 

Hay tanto que corregir en nuestra vida, Señor. Gracias por exhortarnos y motivarnos, con un solo versículo, a imitarte y a parecer más a Ti cada día.

 

Bendigo, Señor, a cada persona que participa de este devocional. Entrego en tus manos sus hogares, sus familias y sus preocupaciones. Oro por quienes hoy tienen una cita importante, una audiencia, un diagnóstico médico o una decisión difícil. Respáldalos, bendícelos y obra en favor de cada uno de ellos.

 

En tus manos los ponemos, Señor, y te damos gracias porque estás con nosotros. Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.

 

Amén y amén.

 

¡Bendiciones!