Josué 1:11 (NTV) Vayan por el campamento y díganle al pueblo que preparen sus provisiones. En tres días, cruzarán el río Jordán y tomarán posesión de la tierra que el Señor su Dios les da.

 

A veces, como creyentes y seguidores de Jesús, valoramos el bautismo solo en el momento en que lo recibimos, pero con el tiempo dejamos de darle el significado que realmente tiene. Pensamos que fue un simple acto del pasado y olvidamos el profundo valor espiritual que representa.

 

En el libro de Josué, capítulo uno, encontramos el contexto en el que Josué asume el liderazgo del pueblo de Israel después de Moisés. Su tarea era guiar al pueblo para que tomara posesión de la tierra prometida. Antes de conquistarla, debían enfrentar varios pueblos, y el primero de ellos sería el más difícil: Jericó, donde Dios haría el milagro de derribar las murallas.

 

Pero antes de todas esas victorias y conquistas, hubo un evento crucial: el cruce del río Jordán. Ese paso simboliza el bautismo. Más adelante, ese mismo río sería donde Jesús sería bautizado, y donde el Espíritu Santo descendería sobre Él en forma de paloma, mientras una voz del cielo decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” Ese río fue también el que cruzaron los israelitas guiados por Josué, cuando él dio la orden al pueblo: “Preparen provisiones, porque en tres días cruzaremos el Jordán.”

 

Esto nos enseña algo muy importante: antes de dar el paso del bautismo, debemos prepararnos espiritualmente. Josué pidió al pueblo que se preparara porque sabían que después de cruzar el río vendrían las batallas y la conquista. De igual forma, el bautismo no es el final, sino el inicio de una nueva etapa espiritual donde vienen retos, victorias y promesas cumplidas.

 

No puede haber victoria ni conquista sin antes pasar por el Jordán. Es decir, no podemos apropiarnos plenamente de las promesas de Dios si no hemos dado el paso del bautismo. Por eso, este acto representa una decisión consciente, una entrega completa, y debe ir acompañada de enseñanza, preparación y entendimiento de su significado.

 

Después del bautismo, vendrán batallas. Muchos dicen: “No estoy listo para bautizarme”, porque temen fallar, tropezar o volver atrás. Sin embargo, no estar listo para bautizarse equivale a decir que no se está listo para recibir las bendiciones y promesas de Dios. El temor a caer no debe ser un obstáculo, sino una razón más para depender de Él.

 

En el relato bíblico, después de cruzar el Jordán, los israelitas enfrentaron su primera batalla en Jericó, y Dios les dio una gran victoria. Pero la siguiente batalla, contra el pequeño pueblo de Hai, resultó en derrota. Esto nos enseña que después del bautismo también habrá pruebas y tropiezos, pero lo importante es levantarse, perseverar y seguir confiando en el Señor.

 

El bautismo marca el inicio de un camino donde habrá desafíos, pero también las mayores victorias y promesas de Dios. Por eso debemos valorarlo y vivir recordando su significado, porque ese paso representa nuestra decisión de seguir a Cristo, dejar atrás la vieja vida y caminar hacia las promesas de Dios.

 

ORACIÓN

 

 

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por tu palabra que ilumina nuestro corazón y renueva nuestra esperanza. Recordar nuestro bautismo nos hace entender que nos has introducido en una tierra de promesas. Sabemos que en esa tierra habrá batallas y desafíos, pero también victorias y bendiciones.

 

Señor, algunas de esas batallas serán difíciles y dolorosas, pero nos levantamos siempre confiando en que fiel eres Tú, el que prometió cumplir todas tus promesas. Te agradecemos por la oportunidad de creer en ti y por habernos permitido pasar por las aguas del bautismo, símbolo de una nueva vida en Cristo.

 

Hoy oro por cada persona que aún no se ha bautizado o que no ha tenido la oportunidad de hacerlo. Que en su corazón crezca el anhelo de dar ese paso con fe y determinación. Muéstrales que después del Jordán vienen tus grandes promesas, y aunque haya luchas, también habrá victorias gloriosas.

 

Fortalece, Señor, a cada uno de tus hijos. Bendícelos, conságralos y guíalos a una vida comprometida contigo. Te damos gracias, Padre celestial, y oramos en el nombre poderoso de Jesús de Nazaret. 

 

Amén y amén.

 

¡Bendiciones!