Eclesiastés 9:12 (NTV) La gente nunca puede predecir cuándo vendrán tiempos difíciles. Como los peces en la red o los pájaros en la trampa, la gente queda atrapada por tragedias repentinas.
Es una realidad que nos alcanza a todos. La misma Biblia lo establece y dice que estas cosas suceden, ocurren y llegan de repente. Nadie está realmente preparado para enfrentarlas. No hay una escuela que nos entrene ni un manual que nos enseñe cómo reaccionar ante ellas.
Nadie planifica cómo actuar cuando llega una tragedia. Nadie dice en su juventud o en su matrimonio: “Cuando vivamos el peor momento, haremos esto o aquello.” Simplemente, las tragedias ocurren. Y cuando llegan, lo hacen sin aviso, sin que podamos prevenirlas.
Para algunos, se manifiestan en un accidente vehicular, en la muerte de un ser querido o en una enfermedad terminal. Para otros, puede ser una carta de divorcio, la traición de alguien cercano, o la pérdida de un negocio al que se le había invertido todo: dinero, tiempo, esfuerzo y sueños. En cuestión de segundos, una vida entera puede desplomarse como fichas de dominó.
Las tragedias repentinas son parte de la vida. Algunos estudiosos afirman que, a lo largo de nuestra existencia, enfrentaremos al menos tres o cuatro que marcarán profundamente nuestro camino. Estas incluyen enfermedades, pérdidas familiares, ruinas económicas o traiciones. La traición, especialmente, duele más cuando proviene de quien menos lo esperábamos.
Por eso la Biblia nos recuerda: “La gente nunca puede predecir cuándo vendrán tiempos difíciles.” Es una verdad absoluta. Nadie sabe el momento exacto en que algo así sucederá.
Pensemos en quienes han vivido una tragedia repentina. En mi caso, fue un accidente vehicular en el que perdí a mi hijo de solo cuatro meses de edad. Nunca imaginé que un martes 14 de noviembre, a las 10 de la noche, cuando todo parecía tranquilo, mi vida cambiaría para siempre. No había tráfico, no había ruido, no había señales… y sin embargo, ocurrió.
Lo mismo sucede con quien pone toda su esperanza en un negocio, creyendo que será su sustento, y de pronto lo pierde todo. Nadie puede predecir cuándo vendrán los tiempos difíciles. La Biblia lo compara con los peces que, al nadar libremente, quedan atrapados en la red, o con los pájaros que caen en una trampa sin saberlo.
Así también nosotros quedamos atrapados, sin aviso, en tragedias repentinas. Pero esas tragedias no deben destruirnos. No deben convertirnos en personas sin esperanza, en almas muertas en vida. Al contrario, deben ser lecciones que nos fortalezcan, que nos edifiquen, que nos enseñen y nos hagan madurar.
Algo sí es seguro: quien sale de una tragedia nunca vuelve a ser el mismo. La gente puede esperar que volvamos a ser quienes éramos antes, pero eso es imposible. Hemos aprendido, hemos crecido, hemos sido transformados. Las tragedias son los instrumentos que Dios usa para pulirnos, purificarnos y refinarnos como el oro en el fuego.
ORACIÓN

Padre Celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret te damos gracias por hablarnos hoy al corazón. Reconocemos que todos anhelamos crecer, avanzar y mejorar, pero cuando llegan las tragedias repentinas, nuestras vidas se sacuden hasta los cimientos.
Sabemos que estas pruebas son inevitables y que, tarde o temprano, todos las enfrentaremos de una forma u otra. Te pedimos, Señor, que cuando lleguen esos momentos, no permitas que nuestra fe se apague. Que podamos sentir tu presencia en medio del dolor, como aquellos tres hombres que estuvieron contigo en el horno de fuego.
Sabemos que a veces no apagas el fuego, pero sí caminas con nosotros dentro de él. Por eso, hoy te pedimos que fortalezcas a cada persona que está viviendo una tragedia repentina. Que sientan tu consuelo, tu compañía y tu poder sosteniéndolos.
Dios mío, transforma su dolor en crecimiento, su tristeza en madurez, su prueba en testimonio. Que un día puedan mirar atrás y decir: “De esa también me libró el Dios y Creador mío.”
En tus manos entregamos a cada persona que acompaña este devocional. Los bendecimos y te damos gracias, en el nombre poderoso de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!