Filipenses 1:23-24 (NTV) Estoy dividido entre dos deseos: quisiera partir y estar con Cristo, lo cual sería mucho mejor para mí, pero por el bien de ustedes, es mejor que siga viviendo.

 

El apóstol Pablo escribe estas palabras diciendo que está “dividido entre dos deseos”. Por un lado, anhela partir y estar con Cristo, lo cual reconoce que sería mejor para él, pero por otro lado entiende que, por el bien de la iglesia, todavía es necesario que él permanezca con vida.

 

El título del devocional de hoy es La plenitud de vida. ¿Qué es esta plenitud? Es exactamente lo que experimentaba el apóstol Pablo mientras escribía esta carta. Pablo ya era un anciano, estaba en prisión y había sido sentenciado a muerte por predicar a Cristo. Aun así, se percibe en sus palabras un profundo anhelo de seguir viviendo, avanzando y sirviendo en su llamado como predicador del Evangelio.

 

Pablo era un predicador que viajaba por diferentes regiones proclamando las buenas noticias. Fue precisamente por esta labor que lo capturaron. Sin embargo, incluso dentro de la cárcel continuó predicando, y muchas personas, incluyendo guardias y oficiales, se convirtieron a Cristo a través de su mensaje. A pesar de sus circunstancias, seguía siendo un instrumento útil en las manos de Dios.

 

Lo que llama la atención es que Pablo confiesa estar dividido entre dos pensamientos. Por un lado, deseaba partir y estar con Cristo, entrar en el descanso eterno y estar en la presencia de su Maestro. Pero también entendía la importancia de quedarse: sabía que su ausencia dejaría a la iglesia sin instrucción, sin enseñanza y sin exhortación.

 

Decía: “Me conviene irme, pero no les conviene a ustedes”. Si partía, los creyentes quedarían sin guía, sin alguien que los animara, los motivara o los condujera a crecer espiritualmente. Por eso, aunque deseaba irse, también estaba dispuesto a quedarse por amor a ellos y por fidelidad a su llamado.

 

Pablo encontraba plenitud en ambas opciones. Tanto el partir con Cristo como el quedarse para seguir predicando le producían satisfacción. A pesar de su avanzada edad, del cansancio, de la enfermedad, de la soledad y del encierro, seguía amando su vocación. Aunque no tenía familia biológica, seguía ganando almas para Cristo, aun cuando muchos creyentes también lo abandonaron, tal como ocurrió con Jesús en la cruz.

 

En esta misma carta, Pablo menciona que tenía frío y pedía que alguien le llevara una capa. Era anciano, estaba solo y padecía necesidad; pero aún así, hablaba de plenitud. Esto demuestra que la plenitud no depende de las circunstancias externas, sino de la presencia de Dios en el corazón.

 

La plenitud de Pablo provenía de su comunión con Cristo. Podía decir: “Si me voy, está bien; si me quedo, también”. Ambas decisiones estaban llenas de sentido, propósito y satisfacción, porque ambas estaban alineadas con su relación con Dios y con su vocación.

 

Este nivel de plenitud es al que somos invitados nosotros también. ¿Qué necesitamos para alcanzarlo? Pasión. ¿Qué más necesitamos? Entrega a nuestro llamado, a nuestra vocación, a ese don que Dios ha puesto en cada uno de nosotros.

 

Por eso Pablo escribe: “Estoy dividido entre dos deseos”. Deseaba partir y estar con Cristo, pero también deseaba quedarse para seguir predicando, instruyendo y exhortando. Ese es el modelo de plenitud que Dios quiere depositar en nuestras vidas.

 

Queridos amigos, busquemos esa plenitud. Pidamos a Dios que nos permita disfrutar de la vida, de nuestro llamado, de nuestro propósito, y que podamos llegar al punto en el que tanto quedarnos como partir sean motivos de paz y satisfacción plena en Él.

 

ORACIÓN

 

 

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad de leer tu Palabra y ver cómo el apóstol Pablo experimentaba una plenitud tan profunda, una plenitud que provenía de tu presencia y de su cercanía contigo. Esa era la razón de su paz y de su confianza.

 

Señor, reconocemos que Pablo entendía que, si le tocaba partir, sería mejor para él; pero también deseaba quedarse para continuar con su vocación, ese llamado tan especial al que respondió desde el momento en que te conoció. Te pedimos, Padre celestial, que cada persona pueda encontrar plenitud en la vida de la misma manera.

 

Permite que podamos ponerle pasión y entrega al llamado, a la vocación y a los dones que tú has depositado en nosotros. Que podamos experimentar plenitud al usar esos dones al servicio tuyo y al servicio de los demás.

 

Señor, llévanos al nivel que alcanzó el apóstol Pablo: ese nivel en el que, si nos toca partir, hay paz; y si nos toca quedarnos, también hay gozo. Pon esa plenitud en cada familia y en cada persona que está leyendo este devocional.

 

En tus manos los entrego, Dios. Oro y los bendigo en el nombre de Jesús de Nazaret. 

 

Amén y amén.

 

¡Bendiciones!